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miércoles, febrero 25, 2004

Me encanta el silencio. Bajar las persianas de día y dormir y poder soñar con algo distinto e incoherente cada vez que cierras los ojos. Sé que todos aquellos que se limitan a cobrar una nómina, beber botellines de ambar, follar y no darse mucho mal por nada, tienen que estar muy tranquilos. Me arden las entrañas al ver a alguien tirado en la calle.
Un día dos personas hicieron un pacto. Una de ellas quería contratar una paloma para que ésta viera por él todo lo que sus alas pudieran alcanzar. La misión de la otra persona era echarla a volar y propocionarle un estuche por si la paloma caía... ninguno de los dos querían que la paloma se lastimara.
Puede que lo que veo en el cielo sean dos amantes luchando por no separarse... se mantienen unidos por un hilo muy fino, como dos manos en esas despedidas de tren... futuriblemente separadas. Por otro lado y en el mismo plano del cielo, esos dos mismos amantes aparecen luchando por separarse el uno del otro y sin embargo se quieren tanto que a pesar de no convenirles para nada estar juntos, no podrán separarse jamás.
En el mismo plano del cielo, treinta minutos más tarde, ya no hay ni rastro de los amantes. Si acaso partes distorsionadas hasta el delirio. Pocas cosas perduran y sobreviven al tiempo... ahora los amantes se han convertido en una perfecta cabeza de jabalí. Lo que está claro es que cada uno ve lo que quiere ver.
Es tarde y hoy no hay vigilia. No hay ruido y tengo ganas de soñar. Creo estar preparado para lanzar la paloma... buscaré el momento oportuno.

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